El salmón de Alagón

El Ayuntamiento de Alagón me ha encargado diseñar a uno de los personajes más chulos de su localidad: ¡El salmón de Alagón!

Aquí os cuentan de qué va esto:

¿Recordáis las Historia del «SALMÓN DE ALAGÓN» ?

Este año vuelve al Carnaval de Alagón. Hace tiempo que ya no enterrábamos a la sardina, en nuestro municipio enterramos al «SALMÓN».

Obra de Carlos Xcar Malavida Pérez

EL SALMÓN DE ALAGON

Leyenda del Salmón de Alagón

¡Es más caro que el Salmón de Alagón!

En 1842 aparecía en el «Semanario Pintoresco Español» un artículo de costrumbre escrito por vicente de la Fuente con el título «El Salmón de Alagón».

Existen dos versiones muy difundidas. Ambas buscan deliberadamente la conexión con la figura real.

Así, una nos habla como los alagoneros asaltan carros llenos de salmón que iban destinados a la cena del Rey que estaba afincado en las afueras de Zaragoza.

Otra, no menos conocida, cuenta al Rey presente en Alagón y dispuesto a comerse las bandejas de salmón que le van preparando; salmón que no llegará a probar pues el ingenio alagonés salva al salmón del delicado estómago real y lo lleva al hambriento estómago alagonero.

Otras menos conocidas, nos hablan del barco que cargado de salmón embarranca en el Ebro y es asaltado por el pueblo de Alagón. O aquélla que nos habla de Alagón como centro del despieze del salmón que llega de las aguas altas del Ebro.

En todas las versiones encontramos constantes comunes: el salmón, el hambre alagónes que lleva a tomar de una forma y otra el salmón ajeno, y el resultado de todo ello: el impuesto censal que ha de pagarse; y que hoy aún circula la idea de que hasta hace no mucho seguía pagando dicho impuesto.

Siguen a estas líneas de Vicente de la Fuente:

«La villa de Alagón está situada a los 15 grados y 40 minutos de longitud y 41 con 53 de latitud, según afirma Espinat, pues yo no la he medido. Es un pueblo de consideración y nombradía, no solamente por su mucho vecindario, sino aún más por la hermosura y fetilidad de su terreno, situado entre el canal, el Jalón y el Ebro, y próximo a la confluencia de estos dos últimos.

Además de estas cualidades, que podemos llamar esenciales e intrínsicas, hay pueblo en Aragón que no adquiera algún tanto de esta celebridad accidental, por pagar cierto tributo al paladar. Pero aún es mucho más célebre el salmón de Alagón, y no porque se pesque allí, sino por una tradición, que es harto vulgar en todo Aragón, pero fuera de aquel país apenas es conocida.

Dícese, pues por tradición no interrumpida, que en una tarde del mes de marzo llegó a la villa de Alagón un arriero en dirección a Zargoza; pero siendo ya algo tarde, tuvo que detenerse en el mesón del pueblo. Añaden personas bien informadas, que el tal arriero era un hombrón de Calanda, de lo más bien plantado que había salido de la tierra baja. Había sido miñón, y como tal había perseguido el contrabando y los ladrones, hasta que tomó su baja. Entonces volvió la oración por pasiva, y se puso a contrabandista, con lo que había pescado arío revuelto, hasta que para su desgracia vino a caer en manos de sus sucesores. Habiendo logrado indultarse, recogió velas, trato de mudar de rumbo, y con los residuos de su pesada fortuna que había logrado salvar del naufragio, se puso a probar fortuna en el oficio de arriero.

A pesar de eso, jamás olvidó los resabios de su primer servicio: gustaba de llevar el sombrero a lo curro, fumaba brasil, bebía puro y de largo, hablaba a lo matón, poco y detenidamente; echaba un taco entre cada dos palabras y por menos de un soplo era capaz de armar una quimera, hasta con su sombra.

Tal era el arrierito que se echaron a la cara el alcalde y otras notabilidades de Alagón, que estaban paseando a las afueras del pueblo un martes de Semana Santa. Como en aquel tiempo no había periódicos, y el ramo de correos no estaba muy atendido, no se conocía aún la plaga designada con el título Político-Manía, la aparición de un viajero, ora fuese arriero, ora peregrino, era más interesante que una gaceta extraordinaria. Rodeábanle los curiosos, se afanaban sobre sus preguntas. El viajero por su parte se esforzaba a mentir, y aunque no vivniese de luengas tierras, no por eso falsificaba el adagio, revolviendo el Mongol, con Astrakán, y refiriendo los sucesos de Utrera, aunque viniese el Bierzo.»

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